sábado, 18 de agosto de 2007


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TAO dijo...

“RELATO”
EL REGRESO

Resbaló en un descuido y cayó de lo alto. Cuando estaba en el aire se estiró y trató
de aferrarse a algo, pero no había nada. Se relajó para sufrir el menor daño cuando llegara, adónde sea. Estaba oscuro. Sólo percibía olores agrios y dulzones. Cerró los
ojos y recordó a sus hijos.
Al chocar se hundió con suavidad sobre un cojín de lianas, pelos o algodones perfumados y rodó por una ladera blanda y agradable. Estaba confundida y mareada; su corazón marchaba a una increíble velocidad. Miró alrededor. Trastabilló. A su lado vio un precipicio. Hasta allí llegaba una delgada línea de luz. Se acercó al borde y miro abajo. No era profundo. Se aferró a los bordes y bajó. Cuando tocó el suelo lo sintió agradable. Lo que parecían pastos secos no le impedía caminar. La luz nacía a cien pasos. Se arrimó a una muralla de madera. Exploró la distancia y con precaución llegó hasta la claridad.
Reconoció el lugar y ya no se detuvo; corrió hasta alcanzar una abertura que conocía y se precipitó en ella. En ese instante la entrada quedó bruscamente cerrada y todo se oscureció como si hubiese caído en una trampa. Un viento cálido con un fuerte olor a sangre inundó el lugar. Sabía que allí no podía ser alcanzada, pero, ¿por cuánto tiempo
estaría segura?
Buscó un rincón donde poder descansar. Cuando lo encontró, se durmió en un instante. Minutos después despertó. Afuera, la sombra aguardaba. Ésta exhalaba un calor que le era conocido, y su bóm-bóm-bóm que retumbaba en la oscuridad.
Y ese olor a entrando a bocanadas por la abertura.
Se renovó en ella el temor; sin embargo tenía que superarlo. La ayudó la ansiedad que tenía por ver a sus hijos. Observó los alrededores y reconoció el camino cuando escuchó el rumor de una corriente de agua y su olor tan especial. Llegó hasta ella y pudo avanzar, ahora más segura.
Cuando advirtió la sequedad de su boca buscó el hilo de agua más clara y con precaución bebió sin dejar de observar a su alrededor.
El tiempo pasaba y sentía dolor en sus pechos. Corrió en la misma dirección que el agua hasta que llegó al final de lo que era un túnel. Todavía era de noche y las luces de las calles estaban encendidas. Avanzó entre las sombras, detrás de los vehículos y ocultándose de las personas que recorrían las veredas.


Estuvo a punto de perder la vida al cruzar la calle, pero pudo llegar al otro lado sin un rasguño y atravesó un charco poco profundo que se había formado frente a su casa. Corrió el trecho que faltaba para alcanzar la entrada y sin embargo, estando al borde del agotamiento, tuvo que avanzar a empellones para abrirse paso.
Fue recibida con desprecio por algunos desconocidos y también le provocaron una herida que la hizo estremecer. La ley del más fuerte es la única que reina en esos lugares y en su estado no debía responder a ninguna agresión. Insistió y empujó hasta casi llegar y se alegró al ver a sus parientes y algunos vecinos quienes advirtieron esa herida de donde emanaba algo de sangre. Pero ya estaba frente a su casa y presintió el agradable calor que encontraría.
Llegó cuando estaba a punto de ser usurpada. Con las últimas fuerzas enfrentó a los intrusos y pudo expulsarlos.
Se dejó caer, extenuada y permaneció un largo rato inmóvil y vigilante. Había aumentado el dolor de sus pechos. No podía esperar más y se arrastró hasta donde sus hijos la reclamaban desesperadamente. Al llegar junto a ellos, se acomodó lo mejor que pudo para que pudieran alimentarse.
Los pequeños se abalanzaron a ciegas sobre los pechos de su madre. Ahora ella, más relajada, retocó sus largos bigotes, miró su cola herida por el rasguño, y en el instante que brotaba una gota de sangre, se quedó dormida.


TAO

TAO dijo...

A LO MACHO

Con su apretado entrecejo
y mirando para adentro
en las baldosas del piso
el compadrito hace espejo.

El va vestido a su modo
con pantalón muy estrecho
botines a dos colores
y el saco prendido al pecho.

La camisa almidonada,
corbata con varias pintas,
negras, rojas, azuladas,
seda amarilla, retinta.

Negro sombrero le cubre
la melena engominada
y del bolsillo le asoma
un peine como una espada.

Bigote negro le tapa
labio que parece fino;
si es que algún gesto escapara
nadie podría advertirlo.

Las arrugas de su frente
dice que va concentrado;
no toquen su compañera,
nadie pase por su lado

que puede salir furioso
un relámpago de acero
que tajée al atrevido
y riegue de sangre el suelo.



Él taconea, ella gira,
su mirada la hipnotiza,
hace un ocho, una corrida,
él la sienta en su rodilla,



Él le arrima la mejilla,
ella le escapa a su beso
luego lenta, da la espalda
y se aleja del malevo.

Él taconea furioso
y el orgullo lo quebranta,
al piso saca virutas
y chispas le saca al alma.

Dando un giro pega un salto,
salto de tigre que espanta
y arrimándose a la hembra
suave le toca la espalda.

Se dobla ella como un arco,
él la toma entre sus brazos
y de rodillas la besa
conquistándola a lo macho.

TAO

TAO dijo...

EL SUEÑO DE ADRIÁN MACCARIUS

Adrián Maccarius había tenido un día muy ocupado. Corregía sus cuentos. Repasaba palabra por palabra, hoja por hoja, todo lo escrito. Como otras veces, las imágenes de la vigilia se multiplicaban durante el sueño.
Le surgieron muchos otros argumentos. Demoraba su despertar para fijar sus nuevas ideas en la memoria mientras era arrollado por la imaginación. Dormía su cuerpo pero su mente trabajaba con intensidad. Leía ávidamente cada hoja y al concluir, ésta se daba vuelta bruscamente, como si fuera una puerta escrita que volteara sobre él. Se alternaban estas con otras que crecían a ras del suelo o de las ramas de un árbol cercano totalmente blanco y volvía a repasar los textos, sólo para abandonarlos cuando los consideraba perfectos. En su conciencia de soñador sabía que repetía una pesadilla que lo acosaba cada tanto y que al despertar se sentiría cansado por no haber conciliado en plenitud su sueño. Esta vez lo invadió una extraña fatiga. Notó que se ponía tenso y que su cuerpo se enfriaba; tampoco pudo detener la impertinente hoja que, como una tapa blanca y escrita, se cerraba hasta cubrirlo. Luego leía las ramas del árbol blanco y le sobrevenía una frustración, como si la obra que hojeaba fuera ajena. Y volvía a releer hasta llegar al suelo y hasta las mismas raíces, porque allí también estaban escritas sus palabras.
Mientras tanto recorrió una multitud de paisajes. Estuvo en Mendoza, sin ser de Mendoza el paisaje que evocara. Vio altos y extraños edificios, catedrales inacabadas que pertenecían a inconclusos sueños anteriores, mercados públicos desiertos, con intenso colorido suburbial y rodeados de silencio. Recorrió viejos caminos que nunca había visto antes, pero que sabía lo llevaban a otros paisajes soñados. Y en cada esquina y en cualquier lugar, la hoja, frente a su cara, blanca y perfectamente escrita, se cerraba sobre él.
Pero regresaba al árbol, leía otra rama e intentaba levantarla como si fuera una hoja suelta, pero encontraba que cada línea estaba atada a la raíz y no tenía suficiente fuerza para arrancarla.
Esta monotonía comenzó a cansarlo e intentó despertar, pero no pudo. Debía esperar que el soñar se agotara por sí mismo y pensó que le bastarían diez minutos de verdadero descanso para recuperarse.
Recién entonces se relajó por primera vez y otra gran hoja blanca y escrita, con mucha más lentitud que las otras lo habían hecho, lo cubrió.
Cuando completó su descanso, volvió a leer y agregó estas líneas:
“Se escuchaba el llanto de las mujeres y las velas se fueron apagando a medida que la luz del día iluminaba la sala. Los deudos y amistades descubrieron sus rostros pálidos y cansados y así comenzaron el cortejo”.
Y concluyó con:
“Ángela esperó que los peones terminaran su trabajo y luego pudo escribir sobre el revoque fresco el nombre del difunto: ADRIÁN MACCARIUS –- QEPD. Con amor, tu esposa e hijos”.
Adrián cerró su libro y esbozó una sonrisa. Finalmente había terminado. Entonces, abrió los ojos.

TAO

TAO dijo...

EL UNICORNIO

¿Adónde iría toda esa gente si no existieran los Unicornios de colores?

¿Vos sabés que los unicornios, especialmente los de colores, duermen largas siestas que suelen durar hasta siglos?
Ésta es la historia de Papá, Mamá unicornio y su pequeño hijo.
El día que despertaron vieron que los japoneses habían construido sobre su cueva, en el bosque de Sapporo (1), un inmenso estadio.
Papá y Mamá Unicornio no podían creer lo que veían: el montón de estrellas que los iluminaba, una cantidad de gente como no habían visto nunca y vestidas de tantos colores diferentes. Era como si estuvieran de vacaciones en un jardín del Paraíso.
El pequeño unicornio de color azul y blanco no tenía experiencia ni podía hacer comparaciones; había nacido durante la siesta de la que despertaron ese día. Le pareció tan maravilloso todo, las luces, la gente, el pastito tan verde y tiernito que salió de la cueva y comenzó a hacer cabriolas por toda la cancha. Por alguna razón los espectadores podían verlo.
Jugaba con tanta alegría que contagió a la multitud. Ésta lanzaba ¡vivas! y ¡bravos! y algunos espectadores, los más entusiastas bajaron de las tribunas hasta el césped para bailar y cantar junto a él. Al cabo de una hora, la mitad de los asistentes, público, jugadores, técnicos, policías y muchos otros, correteaban imitando al pequeño Unicornio de colores.



Los papás estaban tan alarmados de la batahola que había generado su hijo, que el Padre preguntó si había llegado la hora de decirle que ellos no existían, que eran sólo un mito. Pero el pequeño Unicornio Azul y Blanco ya estaba afuera del estadio seguido de una multitud que cantaba y bailaba rodeándolo.
La mamá Unicornio de colores reflexionó y dijo:
--Tenemos que dejarlo, Papá Unicornio. ¿Qué sería de toda esa gente si no tuviese una ilusión que los anime?
(1)-Ese día. Argentina jugaba en el estadio mundialista de Sapporo, Japón.


ABEL OTTO TORRE (TAO)