jueves, 28 de junio de 2007

ARTE DIGITAL - POEMAS - CUENTOS - REFLEXIONES

6 comentarios:

TAO dijo...

DIOS NO HIZO AL HOMBRE

Uno podría decir que sí, pero,¿por qué no decir que no?

Si Dios hubiese creado al hombre lo habría hecho perfecto.

La Vida, que por la tierra jugaba, por probar, se metió en cierto barro que parecía amasado a propósito y quedó allí atrapada. Tanto se sacudió para liberarse que salpicó las aguas y los confines de la tierra. Ni la más pequeña fracción en que se dividió pudo deshacerse del barro original y cuando aceptó que debían vivir juntos, se transformó y dio origen a una inmensa variedad de criaturas.
A la orilla de un gran charco y de una parte de ese barro, nació el primer hombre. Creció con una cantidad de fallas que nadie ha terminado de corregir, por lo que aún no ha conseguido el O.K. final.
Impaciente, el mismo hombre inventó Inspectores para acelerar su evolución; los llamó religiosos, profetas, mesías, maestros, moralistas; creó su justicia con policías y ejércitos para defender su creación, también vinieron los científicos, los políticos y hasta los periodistas. Algunos Inspectores son de invención reciente, como ser: locutores de radio, opinadores y animadores de Te.Ve y la internet. Entre todos nos realizan diariamente el Service, o sea el control y puesta a punto. Se piensa que en el futuro habrá otros más sofisticados.
Como todavía no se dieron cuenta, quiero señalar que todos los que nombré también nacieron del barro y por lo que sospecho, son igualmente imperfectos.

Como La Vida sólo se pudo manifestar mezclada con barro, porque no encontró otro material superior, tiene que renovar sus ejemplares, los que de continuo va desechando por la escasa duración de su materia prima.
Esta es la razón por la que existe la Mortalidad.
La duración a veces se acorta abruptamente por la falta de pericia de algunos inspectores. (De barro somos, dicen para exculparse, y tienen razón, aunque lo digan por distinta causa.) A esta intervención se la llama mala praxis.

En algunas ocasiones, ciertos fragmentos de Vida y barro, aún siendo mortales, crecen armónicos y perfectos, con calidad, inteligencia y moral superior a la media. Éstos, si tienen suerte y no son manipulados por los Inspectores, pueden llegar a ser los humanos superiores que de vez en cuando nacen para educan al resto de la humanidad.

Cuando esta situación se produce, se dice que se debe a un Milagro. Pero como los Inspectores abundan y están en todas partes, ocurre que, cuando a estos individuos se los descubre, se los Mortaliza debidamente, dándoles la ración de medicina judicial creada a los efectos.

En los demás casos, los que se auto someten a las continuas reparaciones cívicas, religiosas, políticas, mediática y etc., se los convierte nuevamente en tierra después de un tiempo prudencial, para que sirvan de abono. Así la Vida puede volver al barro previamente amasado, para introducirse luego por otro agujerito y continuar jugando.



TAO -15-07-02

TAO dijo...

DELLA INFAMIA

Extraido del:“TRATTATO SOPRA L’ INFAMIA”

Corría el año 1429 cuando JUANA DE ARCO era quemada en la hoguera y el 1456, cuando GUTENBERG, concluyó la impresión de la primera Biblia con su sistema de tipos móviles.
En 1572 fue apresado el último soberano Inca TÚPAC AMARU porque defendía a su pueblo, su cultura y su religión. Fue condenado a muerte por traidor por decisión y orden del Consejo de Indias, que Francisco de Toledo obedeció y Martín de Hurtado de Arbiero fríamente ejecutó.
“Para un resumen, no quiero nombrar más que a éstos tres personajes de la Historia Universal, los que permitieron tejer distintas interpretaciones morales sobre aquellos sucesos, porque fueron ejemplares e influyeron sobre la fe y los destinos de la humanidad, a su ética o falta de ella, porque en su crecimiento, los que más se destacaron fueron los que con crueldad sin límites condujeron grandes ejércitos para conquistar territorios y riquezas que les eran ajenas, y para ello cometieron genocidios que la historia todavía aplaude”.

Esto decía Giacomo della Pomarola en el año 1653 en su “Della Infamia Svergognata”, (1) monumental obra en catorce volúmenes en cuarto, que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Maguncia. En ella enumera desde el comienzo del primer milenio las mayores infamias cometidas por el hombre sin mezquinar detalles.
Afirma este autor veneciano después de un profundo estudio, que Dios estableció que de bien y mal hay idéntica cantidad en este mundo, y dibuja una balanza de dos platos para aclarar su pensamiento, los que se encontrarían suspendidos sobre dicha balanza virtual, para que el hombre elija una cantidad con las que puede impregnar y pesar sus actos.
“Ingenuamente --dice Giacomo della Pomarola—las personas creen que hacen uso de lo que algunos llaman el Libre Albedrío, pero no es as.” ---Y continúa-- “Los hombres creen que tienen la capacidad de provocar hechos libres de toda contingencia, o sea, hechos que serían sólo causas, siendo los efectos responsabilidad de otras personas. --- Y sigue---En realidad no es así, ya que el hombre es ciego e ignorante de las causas primeras y con su actividad solo reproduce efectos contaminado s con aquellos ingredientes que hay sobre los platos”, --haciendo referencia a los componentes sobre la balanza--. “por lo que los actos de los hombres finalmente son efectos que están contaminados por atracciones y rechazos, y por sus matices, inclinados hacia el bien o hacia el mal y nunca dirigidos por el inesistente libre albedrío, sino por el azar y las circunstancias”.

“Entonces, pensamos ---concluye el autor veneciano que se anticipa al existencialismo –que tomamos las decisiones no porque somos libres de elegir sino movidos por nuestros intereses y quien más quien menos, somos esclavos o instrumento inconscientes de las pasiones”.

Concluimos entonces que, si el lector sabe sacar mucho provecho de poca lectura, la balanza de Giacomo della Pomarola está siempre disponible para la probanza, porque, --al decir del veneciano-- “todos podemos ver la inclinación a derecha o izquierda de los platos, si después de nuestras experiencias cotidianas nos detenemos a observar las consecuencias de nuestros actos”

(1) –Sobre la Infamia sin vergüenza.
TAO 08-06-04
13-03-07

TAO dijo...

LA ESPERA
“CUADRO EN UNA EXPOSICIÓN”


La taza de cerámica que fue blanca es ahora la que tiene el tinte del café, y el color lila suave que la impregna pegado a su lisura es la luz refleja del ambiente solitario que la acompañaç. La mesa redonda desprovista de adornos es apenas compañía y parte del vacío que rodea a la joven que espera. Una silla desocupada señala una ausencia, y el radiador encendido emite la tibieza que da color a ese rostro y hace resaltar sus labios de carmín bajo el sombrerito que oculta tiernamente sus pensamientos sombríos. Sobre su regazo, sus dedos se aprietan entrelazados. Lejos de una plegaria, sólo quieren torcer con su fuerza al Destino. Sus ojos que no miran el mundo, se fueron tras la ficción de sus deseos para tumbar la mala suerte, mientras el aire que la circunda se mantiene expectante ante un desenlace que no llega. Las luces envuelven los objetos y a ella misma con un hálito de tristeza. Ese instante se refleja en un cristal vecino donde podría mirarse para comprender que su espera será solamente eso: una vana espera.


TAO
17-06-07

TAO dijo...

HENRICH

--...y les dije: “Desbasté el mármol para dejar al descubierto al hombre que soy”.
--Ese aura poético no te cae mal, Enrich; te veo feliz y realizado.
--Feliz no, tampoco realizado. Pero sí, satisfecho. Aunque después de estas exposiciones siento como si me encontrara a mitad de camino de algo.
--Nos pasa a todos, por efecto de esta súbita relajación. Ya te recomendé variar tus actividades, tomarte unas vacaciones, hacer deporte, pintar. Muchos esperan que te dediques a la enseñanza, dar conferencias, escribir otro libro. Yo te arreglo una cátedra superior en Boston, eso. ¿Y por qué no, algo de diversión? Claro, no todo el tiempo, --se ríe-- Sin embargo ésta es una línea de tu personalidad que debes ejercitar con más urgencia.
--¡Ojalá fuera fácil despejarme, limpiar la mente, olvidarme de todo! Pero no puedo. El tiempo parece que se me escapa.
--Para mí, el hacer del día a día es lo esencial, ¿qué sentido tiene esperar un fin? Lo que tenga que venir, vendrá.
--Para todo hay explicaciones, pero una intuición no se deja ver fácilmente, y claro, a mí también se me escapa. En mi trabajo, te consta, pongo todo mi sentimiento, pero al final es como si no reconociera la obra como mía; como si ella hubieran estado siempre allí y la viera por primera vez. Todo lo contrario al comentario que hice a la prensa; dije: mis obras son lo que soy. No encuentro que sean la representación de lo que yo...siento... Dime Marcos, si estoy pensando de un modo extraño.
--No dudo que es extraño. Y hasta alarmante. Por suerte me tienes a mí, que puedo organizar tu vida y atarte a la realidad, ya que todos mis pensamientos están ocupados con tus obras.
--Quieres decir que tenemos almas opuestas pero gemelas, ¿no?
--¡Seguro! Y por eso eres conocido en la mitad del mundo, la mitad que más me interesa, el mundo de los Bancos Suizos. --Marcos se ríe con su linda cara de joven exitoso.-
--Por suerte lo tomas con humor. Lo que es difícil de explicar se compensa con lo que siempre dices, “Si tiene que venir, vendrá”.
--Es así Henrich. Siempre dije que no te conoces lo suficiente... ¡Qué te podría decir yo! No es que no me preocupe, pero me gusta que seamos como somos.
--Mi suerte es tenerlos a los dos, a Aída y a tí, que son las personas que más quiero, los más pacientes y fieles amigos.
--¡Oh, genio solitario! ¡El alto destino te impulsa al Olimpo, lugar del que viniste para salvarnos!... Pero ¿qué más quieres alcanzar? ¡Ya te conducen los ángeles y hasta te protegen para que no caigas en este infierno que yo me encargo de manejar!
Enrich calló. Buscaba cómo expresar su idea.
--Así como se extrae lo innecesario de una piedra para descubrir esos cuerpos, pienso que cada uno cumple etapas. La diferencia entre esas esculturas y yo, es que tengo una enorme ansiedad por descubrirme, mientras que ellas están allí, imposibilitadas de ser otra cosa.
--Una competencia menos. Tan bien que nos va viviendo en la crisálida.
--Esa es la idea. Estamos en esa crisálida donde lo verdadero se oculta, hasta que un día cualquiera uno descubre que en realidad, estábamos esperando para ser otro. –Dijo Enrich
--¿Pensás que hay algo más importante que lo que hacemos? Para nosotros, digo.
--Ni más ni menos; porque ¿qué es lo más importante para al artista, el Arte o uno mismo?
--¿Por qué alguien debe justificarse o salvarse?
--No sé, pero insisto con un pensamiento que nos puede ayudar. Te acordás cuando leíamos a Kierkegaard: “Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí...—decía---, la idea por la que pueda vivir o morir”.
--Sí, pero...
--Creo que podemos conocer algo más de nosotros mismos, si no, estaremos muy solos en el universo. ¡Hay tanto que jamás conoceremos!
--¡Enrich, por favor, poné los pies sobre la tierra; mirá quién te lo dice! Nos queda poco tiempo para la Gran Exposición, así que mejor nos vamos a descansar. Ésta es la realidad que te hará sentirte mejor.
--De acuerdo, este es el momento. Podemos ir caminando.
Se retiraron del museo y recorrieron pensativos algunas cuadras por la Via Carlo Alberto hasta llegar al atelier sobre la Via Napoleone III, edificio con un amplio ventanal en el primer piso. En los frescos días del otoño romano, bajo el intenso rojo del sol vespertino, se ve desde allí una espléndida panorámica de la Piazza Vittorio Emanuele.
--¡Chau Aída; cómo estás!
--¡Bene, caro Marcos, un baccio!
--Hola cara.
--Buona sera amore.
--¿Está todo listo? ¿Podemos mostrarle a Marcos el trabajo?
--Sí, enseguida.—Dijo Aída y cuando todos estuvieron cómodos y tranquilos, tomó la tela que cubría la escultura y tiró suave. La cubierta se deslizó lentamente hasta caer a los pies de la última obra de Henrich. Quedó a la vista el cuerpo prestado por Aída, desnuda ante ellos, todo vigor y sensualidad y a punto de lanzarse al espacio en busca de algo que seguramente sus ojos asombrados estarían mirando.
--¡Magnífica Enrich! ¡Única! ---Dijo Marcos con la voz apagada por la emoción y la sensual admiración que tenía por esa mujer que poseía un cuerpo perfecto y que secretamente lo afectaba.
--¡Es una gran obra. Inspirada! ¡Exquisita! ---dijo mirando a Aída que se había ruborizado--. Y elevando la voz por el entusiasmo, prosiguió: ---¡Esa mirada, esos brazos que buscan; los pies que casi no tocan el suelo! ¡Enrich! ¡Esta obra te representa con exactitud! ¡Quién no querría abrazarlos de admiración! –Y se apretó con ellos en un fuerte abrazo--
--¡Brindemos entonces! –Dijo Henrich.-- Bebamos porque es el final de un intenso y feliz trabajo. Aída puso su maravilloso cuerpo y vos tu paciente expectativa. Pero ella…--dijo, mirando la escultura-- tienes razón, es como yo, y esa parte de mi, se ha transformado en mármol. ¡Salud! Un beso mi querida; otro abrazo, Marcos.

Más tarde los tres inseparables amigos vagaron por la noche romana. Caminaron las calles iluminadas sembrándolas de cánticos y risas. Aída les hizo conocer cada rincón de su amada ciudad y la respiraron honda y profundamente hasta agotar la alegría que largo tiempo habían contenido.
Pero como el tiempo es más fugaz cuanto más lo queremos retener, llega rápidamente la realidad de todos los días. Marcos volverá a su trabajo: la promoción de la futura puesta; Aída tomará unas vacaciones y se irá a Milán, donde viven su padres y Enrich, después de una breve visita que haría a su madre en Zurich recorrería el Mediterráneo y seguramente, llegaría hasta las canteras en Carrara.
--Chau amore, te extrañaré tanto.
--Hasta pronto mi cara bambina; saluda a tu madre y dale un beso de mi parte, ¿sí?
--Se lo daré de tu parte. Hasta pronto.

Enrich permaneció en el andén hasta que el ferrocarril desapareció de su vista. Se sintió solo; el tumulto desapareció de su conciencia; dejó de sentir su cuerpo. Su mente era su espacio. Caminó sin pensamientos. Estaba alerta y silencioso. Todo era asombroso e inédito, por lo que continuó su marcha hasta agotarse. En la humedad de la noche, entre los árboles, en los rincones oscuros, alguien lo observaba, pero al mirar directamente, la sombra desaparecía. Era algo conocido, pero no podía definirlo. Tomó un taxi. Se dormía. Llegó pronto. Pagó. Descendió en cámara lenta y entró. Casi vestido se tiró sobre la cama y al instante quedó dormido.

Pasó tres días en soledad, reflexionando sobre ese estado, esa realidad o sueño que había experimentado.
Debía viajar a Zurich, pero permaneció atrapado con una incurable tristeza. Al llegar el medio día tomó la decisión, se vistió y tomó el bus que lo llevó al Aeropuerto Fiumicino.
Permaneció el resto del día observando el ir y venir de los aviones de todas las tierras del mundo. Escuchó cientos de idiomas y dialectos. Tomó nota y dibujó en servilletas de papel las curiosas vestimentas de algunos pasajeros para luego hacer pequeñas pelotitas de papel que depositaba en el cenicero. Hasta llenarlo. Regresó pasadas las nueve de la noche. El frío se había acentuado y también la humedad. Descendió cerca de la Piazza Vittorio Emanuele y caminó a paso acelerado. Cruzó la Avenida entre las dos esquinas pese al tránsito y saltó el último trecho hasta la vereda con una sonrisa entre los labios. Y quedó frente a aquello que lo dejó paralizado.
Frente al portón del atelier, sobre un contenedor había un mármol Lo miró. A ojo lo midió. De unos tres metros cúbicos. “No es de Carrara. ¿De dónde? No hay indicación de procedencia.¿Quién lo manda? ¿Quién lo pidió? Es hermoso. Está muy bien cortado; bien proporcionado. No hay vetas aparentes. ¿Será de Paros, por traslúcida; pero no por el color. De Argelia. No. No... Mañana lo sabré. Basta por hoy. Espero que no te roben porque eres bello. jBay! ¡Arrivederci!”
Entró y cerró. Miró alrededor. No había nota o remito. Finalmente se acostó y durmió profundamente.

Esa mañana era apacible y luminosa. El tibio sol barría la niebla del amanecer y entraba vivificante por cada resquicio destacando las formas de los sobrios monumentos de la plaza.
Enrich despertó cerca del medio día. Percibió la intensa luminosidad tras los cortinados y se levantó. Se sentía renovado y fuerte. Descorrió las cortinas para dejarse invadir por los rayos del sol. Miró sus ropas en desorden: pantalones, camisas, corbata, zapatos dispersos por doquier. “Siempre me gustó esto”. Se dijo. Se dio una ducha caliente, se secó con pereza, hizo un buen corte a su barba rojiza y... en ese momento recordó la noche anterior.
--¿Estoy loco? ¿Vi un mármol en mi vereda?
Miró por la ventana. Numerosos curiosos rodeaban el bloque quizás preguntándose lo mismo. Se calzó sus zapatillas y con la robe ajustada a su cintura corrió a la puerta de calle. Increíble. Cerca de un metro cincuenta por lado, dos y medio de altura. Cortada con absoluta limpieza. Corrió frenético a su dormitorio. Se vistió y desprolijo aún, volvió a salir, esta vez para plantarse delante de la mole, como decir, cara a cara con ella y se quedó a observar cada centímetro, ángulo, rincón, veta, transparencia. Veinte minutos. Al cabo reaccionó y tropezando con varias personas que también miraban como él, abrió el portón y salió con su vehículo elevador. Con cuidado acercó los aparejos, los aplicó en las perforaciones hechas en el mármol y lo transportó suavemente hasta el lugar donde había estado su penúltima obra.
Encendió las luces para iluminarlo. Todavía había vecinos y otros curiosos observando sus maniobras. Al advertirlos, Enrich les dirigió varios adioses de despedida, cerró el portón y corrió a observar el extraño envío.
Se sentó en el sillón de su escritorio y nervioso se deslizó rodeándolo, como al acecho, una, dos, diez veces. “¿Quién lo habrá enviado?” Sólo él elegía el material para sus obras y en las mismas canteras. Sin embargo éste era perfecto. Más que perfecto, único.
Se levantó y fue apagando y prendiendo sucesivas luces, alternándolas para observar su superficie pulida a medias. Midió su densidad. Cada hora se sentía más contento. Eufórico se acercó y extendiendo sus brazos, las palmas de las manos abiertas. Se quedó como queriendo abarcarlo, sin tocarlo, su cuerpo a sólo unos centímetros de la superficie, con los ojos cerrados, alta su cabeza,
recibía con intensidad el reflejo de la luz del sol. Le corrían abundantes lágrimas.
Suave, con cariño, susurraba: “¡Te siento. Estás aquí. Casi puedo verte.”
Encorvó lentamente su cuerpo hasta quedar en posición fetal, en el suelo, con la apariencia de estar inconsciente al pie de la mole que, por un extraño efecto de la luz parecía de cristal.

Era la media tarde y el sol impregnaba el ambiente con renovados juegos de luces que se combinaban con las encendidas en el interior. Enrich abrió los ojos y se alarmó en gran manera al encontrarse tirado en el suelo y con su cuerpo frío. Desde allí miró el enorme bloque que le pareció estaba a punto de caer sobre él. Dio un salto hacia un costado para ponerse a salvo y desde ese lugar comprobó que era sólo un juego de su imaginación.--“!Es extraño!”.-- Estaba asustado. Esto que le sucedía era algo que nunca hubiese imaginado y que tampoco entendía.
Recordó que no había probado bocado durante el día y pidió al restaurante vecino carne y fideos al pesto. Se preparó café y abrió una botella de vino.
¿Qué le había sucedido? ¿Se había dormido o perdió el conocimiento? ¿Por qué? Se preguntaba. Llegó su almuerzo y lo puso sobre el escritorio. Mientras comía frugal y rápidamente, observaba el bloque de mármol tratando de encontrar una explicación y ¡claro!, recordó una visión o algo que había visto aprisionado en su interior. Bebía el café y con su taza en la mano fue al tablero de dibujo para materializar la imagen, hacer el identikid de su intuición, o su sueño.

Su carbonilla corría suave sobre el papel, como si su mano fuese conducida por otra que conociera su tarea. Y allí no estaba Aída. Era alguien en un grado de expresión y sensualidad extrema. Nuevamente se ubicó ante la mole; giró para situar la imagen y al conseguirla, su intuición de ayer se aclaró.
---¡Maravillosa! ¡Tal como la vi!

Calentó el café. Preparó el campo para su trabajo. Hizo mediciones, elaboró un plan y esbozó vistas tridimensionales. Remarcó las zonas a desbastar. Repasó innumerables veces el trayecto de la ejecución hasta fijarlo en su memoria.
Al día siguiente, muy temprano hizo un repaso de su plan mientras recalentaba su café. Seleccionó las herramientas que utilizaría ese día. Tomó el primer sorbo y se quemó la lengua. “Merde!”--Dijo-- Y lo volvió a decir gritando: “¡ Merde!”, como si hubiese dicho Eureka.
Ajustó la mecha en el mandril y luego de marcar con exactitud los lugares y la profundidad que debía perforar, apoyó el taladro e inició el trabajo.
Hizo lo mismo en diferentes puntos estratégicos dejando en bruto el lugar donde iba a descubrir cada parte de ese cuerpo oculto. Después usaría el cincel aplicando golpes seguros, suaves y profundos. Esta tarea la fue repitiendo día tras día, sin horarios, casi sin alimentarse, olvidando su cuidado personal mientras su barba crecía roja y desordenada. Se iba pareciendo al capitán Ahab obsesionado detrás de la huidiza ballena blanca.
Cercó a golpes precisos el cuerpo, tan misterioso por los extraños brillos exteriores y las sombras interiores que parecían órganos vitales a punto de estallar.
Enrich estaba asombrado. Nunca había trabajado con una materia tan firme y que a la vez respondiese tan dócilmente a su voluntad, a la idea exacta de lo que quería obtener con cada golpe, o cada severa caricia dada con su herramienta. Tenía cercada una mano, a un centímetro escaso de liberarla. También su torso y cintura. Mantenía sus piernas levemente aprisionadas. A cada momento se detenía. El nerviosismo del comienzo había desaparecido pero ahora sentía un temor que crecía a medida se acercaba a la superficie de ese cuerpo. Con esfuerzo pudo vencer esta resistencia y golpeó amorosamente hasta descubrir la tersa superficie de la piel. En este punto se detuvo para decir con reverencia: “!Al fin! ¡Ya estás aquí!”
De color rosa pálido, como la de un pétalo era esa piel ante sus ojos. Enrich casi no podía respirar. Se sentó para recobrar las fuerzas y mientras reflexionaba observaba ese trozo de piedra que ahora lo confundía con su vitalidad.
--No debo dañarla. --Recordó lo que era una crisálida. El gozo lo invadía. Sintió algo semejante a un sentimiento religioso. Pero volvió lentamente en sí.
--!Me siento como si flotara! --Dijo.

Con esfuerzo se concentró y tomó las herramientas. Varios días más trabajó, silencioso y manso. Se acercó con pudor al torso y al rostro envuelto apenas en la nube marmórea que lo protegía. Cada día desnudaba más el cuerpo y de una de sus manos arrancó todo el rezago pétreo de su superficie.
Siguió con su antebrazo que esparcía una luz sedosa entre rosada y un clarísimo verde que le daba densidad y contraste. Después se aproximó a su cara, definió su perfil, cinceló sus cabellos y el resto continuaba preso del delgado corsé de milenario magma.
Esa mano que surgió del mármol, de aspecto tan vivo, e implorante, preocupó a Enrich. Su aspecto era dramático. Parecía sufrir impotente porque no podía liberarse de sus amarras.
El escultor estaba alucinado. Interpretaba ese gesto que no planeó realizar, pero que estaba allí. Lo descubrió tan solo por haber apartado la ciega materia que lo envolvía.
La situación parecía abrumarlo cuando el llamador de la calle sonó por cuatro veces consecutivas.
Enrich cubrió la escultura mientras se interrogaba: “¿Quién será?”
Se abrió la puerta antes de que Enrich llegara y allí estaba Marcos.
--¡Enrich!, ¿Enrich está?--- Preguntó.
--¡Vamos Marcos, ¿no me conoces?
--¡Eres tú! ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo estás así, con esa barba. Tan delgado. ¿Has estado enfermo? ¿Por qué no me has llamado? ¡Enrich, por Dios. ¿Así cuidas tu salud!
--Tranquilo Marcos. Nada malo ha pasado. Al contrario, tengo que agradecerte por la pieza de mármol que me enviaste. Fue un gran acierto; mejor que si yo mismo la hubiese elegido. ¿En qué cantera la conseguiste? Yo, no pude ni adivinar.
--¿De qué me hablas? ¡Decididamente no estás bien! Algo anda mal aquí. –Miró alrededor--
--De mi mármol te hablo.
--¿Qué mármol?
--¿No lo encargaste tú? Ven a ver.
--No, realmente no sé de qué me hablas.
Mientras discutían se acercaban al centro del taller esquivando los trozos del material disperso alrededor de la escultura.
--Es tan hermoso; si tú no me lo enviaste, ¿quién lo haría?
--Con seguridad tú mismo lo encargaste y te has olvidado. –Insistió Marcos.
--Algo tan particular, tan único, ¿cómo podría olvidarlo? No he salido de Roma en todo el año. Pero, mira.-- Y para que Marcos pudiera ver, levantó la tela.
Marcos quedó extasiado. Ese mármol era único. La mano lo sorprendió. ¿Por qué la había terminado antes que el resto? Era de un riesgo extremo. Podría accidentarse en cualquier momento.
--Tuve que terminarla porque ambos teníamos la ansiedad de que estuviera allí, afuera, y ahora parece pedirme algo que no entiendo...
--No sé qué quieres decir. En esto no hemos progresado nada. Tú no entiendes qué sientes y yo no entiendo lo que no puedes explicar.
--Lo siento. Me has ayudado y ya sé qué necesita. Quiere respirar. ¡Si ella muere, yo la seguiré sin ninguna duda!

Marcos tomó el teléfono y habló con Aída. Le pidió que regresara inmediatamente.
--Enrich no está del todo bien. –Le dijo.
Mientras tanto Enrich había tomado sus herramientas y trabajaba febrilmente. Descubrió la nariz y las fosas nasales de la escultura.
--¡Enrich, ¿que ha pasado con tu lucidez, con tu inteligencia? No me digas que estás bien. Estás muy mal. Tienes que comenzar por higienizarte, afeitarte, comer. Eso, comer. Has perdido no menos de diez kilos. Estás quedando puro orejas y pelos desordenados; un gorila rojo y enfermo.
Y lo abrazó llorando.
--Mañana llega Aída... –Le dijo emocionado.
--No, no debe venir. No deben verse. No quiero que sufra.
Y se quedó mirando aquella mano que brotaba del mármol.
--¡Por todos los santos Enrich!
--Acomódate y déjame trabajar. Ya estoy por descubrir su boca.

Trabajó con ahínco hora tras hora, con intervalos de minutos de descanso cuando comía con Marcos. Éste lo acompañaba triste y silencioso, mientras el escultor descubría el cuerpo que ahora parecía más vivo. Enrich se exigía para liberar su rostro. Trabajó con amor y con delicadeza; formó sus labios, abrió sus fosas nasales y su boca. Marcos, sumamente fatigado lo acompañaba y observaba su enloquecedor ritmo de trabajo y se asombró tanto como Enrich, cuando aquellas luminosidades azules se transformaron de pronto en unos bellísimos tonos de rosa transparente. Creyeron que era una fantasía, un engaño producido por sus mentes cansadas.
Al lograr su objetivo, se relajó y de la tensión en que estuvo durante tantos días pasó a tomar conciencia de su propio calamitoso estado. Un dolor muscular intenso lo invadió y su conciencia quedó en penumbras. Marcos solicitó ayuda médica y le insistió a Aída que debía estar lo más pronto posible en el taller. Necesitaba reposo y buena alimentación.
Cuarenta y ocho horas demoró Aída. Cuando llegó, entró sin preocuparse de cerrar la puerta y corrió al dormitorio clamando asustada:
--¡Enrich, caro, amore mío; mi tesoro!
Abrazó tiernamente a su amante, casi aplastándolo con su pequeño cuerpo y lo inundó de besos.
Enrich no podía impedir el desborde de afecto de su amante. Sentía indiferencia en su corazón y no respondía al amoroso sentimiento de Aída; trataba de evitar su contacto y sus ojos vacilantes miraban el vacío, mientras decía sin fuerzas:
--Basta Aída, está bien. Déjame ya. Estoy bien; por favor, basta.
Y su mirada vagaba en el espacio porque en su mente sólo existía la imagen de aquella que aun estaba prisionera.
--Marcos, ¿qué tiene mi Enrich? ¿Qué le ha pasado? ¿Qué dijo el dottore?
--Reposo, Aída. Tiene que hacer reposo.
--¿Ha trabajado demasiado? ¿En qué?
-- Ven que te muestro.
Marcos tomó la mano de su amiga y la condujo al taller, la sentó frente a la escultura cubierta y fue a encender las luces. Aída asustada, se puso de pie para mirar los escombros.
--¡Qué desorden, por Dios! –Pensó Aída.
Encandilada al principio, se fue acostumbrando a la intensa luz de los reflectores. Cuando se sintió cómoda vio la obra aun inconclusa y no pudo evitar un vahído. Un temor le congeló el cuerpo. Un miedo instintivo se apoderó de ella.
--¿!Quién es!?
--¿Quién es quién?
¡Sí, esa mujer tan hermosa que ha posado para Enrich? --Por sus venas corrió un temblor de celos y envidia.
--¿Quién es esta mujer?
Se ahogaba conteniendo apenas el grito que quería desgarrarse en su garganta.

Lenta y dolorosamente pasaron los días de ese otoño frío y húmedo. Enrich trabajaba concentrado, ignorante de la tensión anímica que lo rodeaba. Aída permanecía junto a él, sin renunciar. Lo último que haría sería abandonar a su amado y a cada instante se recordaba cuánto más podía ofrecerle de grato, de protección, de amor.
Sin embargo cada uno vivía ahora una vida diferente. El silencio era como el bajo continuo que nada tenía de consonancia con el trabajo creativo de Enrich.
Éste tenía su objetivo. Su vigor se renovaba y lo mantenía durante horas acariciando con sus herramientas aquel cuerpo deslumbrante que iba surgiendo de la bruma. Perfectas eran sus piernas. La naturaleza ha mezquinado por siglos realizar en una mujer tal perfección. Su vientre, su torso, sus magníficos pechos capaces de despertar lo más aterido de la naturaleza del hombre; sus hombros plenos de fortaleza, insinuantes, redondos, femeninos, llenos de audacia y vigor, expresaban voluntad y capacidad de lucha sin encubrimiento, sus brazos, levemente alzados, el izquierdo separándose del torso y el derecho descendiendo con la tensión muscular de quien prepara un salto hacia la total ingravidez. El gesto en dirección al cenit, señalado por su delgado y largo cuello de rebosante sexualidad, concluía en un rostro misterioso y sorprendente, sensible, tan vivo y anhelante que ningún corazón humano podría resistir un ahogo al ver tanto esplendor. Sus cabellos largos y ondulantes, enlazando el espacio creaban con sus destellos una etericidad luminiscente en derredor, rodeando con un halo de claridad todo su cuerpo.
Sólo un detalle quedaba pendiente para concluir la obra: extraer una pequeña mancha en el entrecejo, producido por la única mota de mármol impuro.
Enrich, extremadamente sensibilizado, no se atrevía a corregirla y hasta prefería que así quedara concluida.
¿Qué más podía hacer por ella? Nada. Todo había terminado. Estaba vacío como jamás se había sentido; pero tenía el irracional deseo que pudiera tener existencia propia aunque sea por un instante y pudiera sentir la amorosa fuerza que lo impulsó a materializarla. En su locura deseaba que se produzca el milagro y la vida la ponga en movimiento.
Convencido que podía lograrlo, cayó de rodillas y con los brazos abiertos permaneció así por horas.
Cuando entró Marcos, se encontró ante ese descarnado espectáculo que lo llenó de extrañeza y sufrimiento.
Las lámparas encendidas, desde diferentes ángulos dirigían sus luces de tal manera que la obra lanzaba extrañas iridiscencias,
envolviéndola. Esa misma luminosidad rodeaba también el delgado cuerpo de Enrich que permanecía con sus brazos abiertos, cual si fuera una escultura más en éxtasis de adoración.

Mucho dolor en su alma sintió Marcos por su amigo al que observaba con temor. Se descubrió temblando. No podía soportar ese espectáculo y lentamente subió a las habitaciones donde encontró a Aída, agotada y llorosa.
--¡Oh, querido Marcos. Hace horas que está así, inmóvil! ¿Qué podemos hacer?
--No sé, Aída; no sé. Esa escultura me ha hecho temblar a mí también. Es tan extraña y tan bella que hasta pareciera que también la amo...
--Y yo también, yo también. !Pero la odio, la odio, la odio, Marcos!
No podía llorar más y su rostro mostraba ya signos notables de cansancio y abatimiento.
--Recuéstate, te haré café.
--Muchas gracias Marcos querido, gracias.

Enrich abrió los ojos. Se había convencido que ese superfluo detalle debía ser corregido. Frente a sí, a los pies de la escultura vio un cincel y martillo. Justo lo que era necesario para el retoque que dejaría absolutamente perfecta su obra. Se paró ante su obra. Respiró con profundidad y se detuvo. Le pareció que también ella había respirado y que después lo hacían al unísono. Miró el entrecejo y levantó sus herramientas. Ella cerró los ojos. Contuvieron la respiración. Era el momento.
--¡Un instante más, mi amor!
Y dio unos suaves golpes, certeros, los necesarios.
--Todo quedará terminado ahora. Un último golpe.

Marcos llevó café; Aída estaba recostada en su cama y ambos bebieron en silencio.
--Gracias Marcos; eres tan bueno. Si no fuera por tí, caro mio...Y suspiró profundamente.
--Aída, pobrecita; me preocupa mucho tu situación. Quisiera poder hacer tanto por ambos.
--Eres tan bueno, Marcos. ¡Marcos!
Aída miraba con sus lánguidos y oscuros ojos a Marcos. Estaba tan necesitada de afecto y protección.
--¡Aída! ¡Querida mía!
Marcos se sentó al borde de la cama y poniendo las manos de Aída entre las suyas, la besó en la frente con ternura. Aída se aferró a sus hombros, entreabrió su boca, cerró sus ojos y temblando, se entregó a Marcos.

Enrich, con suavidad, dio el último golpe. La cabeza hasta el final de su cuello se partió en dos. Sus bellos hombros, sus pechos, sus manos estaban muertos; el resto era mármol vulgar e indiferente, sin expresión. La cabeza, trágicamente despedazada estaba a sus pies.
Cayó de rodillas y tomó cada trozo esparcido. Eran los pedazos de su amada muerta y los apretaba contra su pecho con un patético dolor.
Las fuerzas ocultas del destino lo golpearon ferozmente. Abrazó y acarició cada parte de ese cuerpo que había logrado respirar junto con él. Si ella estaba muerta, él debía seguirla.

En ese momento sintió fuertes golpes de llamada en el portón de entrada. ¿Qué podía importarle? Sintió otro llamado, con más fuerza.
Enrich recogió algunos trozos dispersos de la que había sido la cabeza y su cabellera y los arrimó a los pies de la opaca escultura, luego eligió el cincel más afilado, tomó firmemente su cabo con las dos manos y calculó con frialdad el lugar dónde debía clavarlo.
El golpe en la puerta fue esta vez más imperioso y tan fuerte que saltaron en pedazos algunos vidrios. Enrich se puso violentamente de pie y al ver los restos que tenía adelante, clavó con furia el cincel sobre el pecho de mármol y tambaleante se dirigió al portón.

--¡¡Pobre Enrich! ¡Lo hemos traicionado! –Dijo avergonzado Marcos.--
--¡No, Marcos, yo te amo, como lo amo a Enrich! Él ya no es mío, ni yo... no sé. Yo te amo.
--Vamos, tenemos que protegerlo. Después veremos.
--Es verdad. Vamos a verlo. ¡Pobre Enrich!
Aída arregló sus vestidos, se puso un abrigo para bajar con Marcos al taller. En su corazón germinaba una nueva esperanza.

Enrich llegó a la puerta y comprobó que estaba sin llave. Cualquiera podría haber entrado sin necesidad de golpear. Abrió y una helada ráfaga de viento y nieve entró al taller. Afuera, una figura femenina parecía recortada contra el cielo plomizo. Una enigmática mujer lo miraba en silencio. Su boca le era conocida. El brillo de sus cabellos, su mirada y un lunar entre sus cejas…Con serenidad, sin dejar de mirar a Enrich a los ojos, la mujer extendió hacia él un grueso y largo abrigo que sostenía sobre su brazo. El escultor conocía esa mano y su gesto suplicante. En su otra mano, sostenía graciosamente un sombrero de piel.
--Póntelo. –Pareció decir la mujer.
Enrich se puso el abrigo, se caló el sombrero y ofreció el brazo a la misteriosa dama, que se aferró a él.
--Vamos. –Dijo Enrich.
Tomaron por la derecha del portón y caminaron sobre la primera nieve del otoño con paso franco y sereno, mientras se alejaban.

--Rápido Aída, bajemos.
--¡Qué corriente de aire, Marcos. Me voy a helar!
--¡Mira, la puerta está abierta! ¡Enrich! ¡Enrich...! –Gritó Marcos con todas sus fuerzas.
Cerró la puerta y buscó en los rincones del taller. De pronto vio la obra destruida.
--¡Maldición, Aída, qué hemos hecho.!
--Aída miró los restos a los pies de la escultura y el cincel clavado en el corazón de mármol y lanzó un grito.
--¡Ah, por Dios bendito! ¡Por qué!
--Aquí no está. Debe haber salido. Busquémoslo.
Salieron y miraron a la derecha. Vieron sobre el paisaje gris una mancha difusa que se empequeñecía al llegar a la esquina.
--Mirá, ¿no es aquel que va allá?
-- Enrich no tiene un abrigo tan largo como ese, ni usa sombrero.
--Es cierto. Más bien parece un hombre que va hablando como un loco. Le debe agradar la nieve.
--Busquemos por este otro lado. ¡ Vamos!
-- ¡Vamos!
Marcos y Aída corrieron a su izquierda.

TAO

TAO dijo...

PINTAR



Quiero hacer una pintura agraria
que puedan descubrir mis ojos niños
que traman con miradas y con guiños
trigales en la tierra solitaria.

Entintar con la punta de los dedos
el color de la risa en la garganta
y en la piel telúrica de la pampa
descifrar sus minúsculos enredos;

Degustar el sonido de esta ansia
cuando brote del fondo de mi alma
la historia que realza toda calma
al dejar el silencio y la distancia.

Luz líquida se trillará en mis venas
al armarse de súbitos temblores,
cuando corran sus ríos de sabores
en las simientes de los surcos llenas.

Este amor que se cuela de mi centro
que en la lengua se endulza si la muerdo,
se alegra de gritar cuando recuerdo
mi poema venido desde adentro.


TAO

TAO dijo...

EPÍSTOLA DE UN ÁNGEL TRISTE


Te ruego no continúes condenándome, porque soy un ángel, el primero, que fui creado en una matriz que después reprodujo otros ángeles idénticos, porque, como nadie puede vernos, no es necesario que seamos distintos.
Nosotros no conocemos el espacio ni el tiempo, ni la materia ni la antimateria. Somos un Arquetipo, o sea que estamos sólo en el Pensamiento de Dios y en la imaginación de algunas criaturas como tú. Aclaro este concepto porque yo no existía, pero sucedió lo que ahora paso a contarte: Cuando Dios creó el Espacio-Tiempo, estaba desocupado, entonces, como quiso poner algo en él, pensó en mí; al instante estaba ante Su presencia y me ordenó que por mi cuenta y riesgo creara el Universo. Pero verás, ésta no es la razón del por qué me comunico contigo.

Quería decirte que éste fue mi primer trabajo y por lo tanto no tenía ni la más remota idea de lo que debía hacer; entonces me dije, aunque sólo fuera para salir del paso: “!Pues... háganse las cosas! ”
¡Así fue cómo me salieron! Ocasioné una hecatombe, una desmesurada explosión que me dejó confuso por mucho tiempo. Chisporroteó de tal manera el Espacio-Tiempo que Dios como castigo, me ordenó controlar el desquicio para que no se desboquen las energías que por el estallido se expandieron a gran velocidad.
Como se habla mucho de esto en la tierra y los filósofos de vez en cuando se preguntan por qué Dios me sancionó, yo les contesto que tendrían que preguntárselo a Él, y antes, si quieren, por qué me dio una responsabilidad tan grande sin haberme explicado qué es lo que debía hacer, porque, por los resultados quedó inmediatamente a la vista mi ignorancia.
Sin embargo, no todo pareció salir mal y con el tiempo tuve algunas alegrías como cuando dije: “Hágase la luz” y me salió bien, como todos pueden ver. Sin embargo, la luz como la materia, ambos aún se expanden como corderos perseguidos por los lobos.
Mi deber fue el de agruparlas y contenerlas, y es lo que desde entonces traté de hacer. Algunos ángeles que me vieron corretear tras ellas creían que me divertía y comenzaron a colaborar conmigo. Desde entonces son muchos los que se dedican a custodiarsistemas como si fueran hatos de Cabras, Corderos, Osas Mayores, Menores, Carrozas, Peces, Marías, etc. manteniéndolos en diferentes corrales.
Hasta aquí todo fue maravilloso, porque muchos ángeles que estaban desocupados, (cada vez había más), envidiaron a sus hermanos y se ofrecieron para relevarme también a mí del cuidado de la expansión, y yo, el que había sido condenado a realizar ese trabajo, de pronto, quedé desocupado.
Y cometí otro error: Sin pedir permiso me tomé un breve descanso. Pero Él, que nada ignora, me amonestó; me bajó de categoría y me ordenó que me dedicara a cuidar sólo el planeta llamado Tierra. Desde ese momento destiné mi tiempo a cuidarlo. En su suelo observé que crecía en abundancia una infinidad de seres vivos, y que una rara especie bípeda con una inteligencia notable, pudo desarrollarse muy exitosamente con un poco de mi ayuda y conducción.
Desperté en ellos la curiosidad por el conocimiento, pero no pude hacer lo mismo con el sentido de la tolerancia.
Comencé por enseñarles el nombre que tenían las diferentes cosas y cuales debían ser sus alimentos, como las frutas, los cereales y otros muchos, pero, pasado un tiempo, cuando ya aprendían por su propia cuenta, me despreciaron y me echaron de su lado llamándome “!Vívora!”o “!Serpiente!”, palabras que yo les había enseñado para nombrar a otras criaturas, pero que sonaban muy despectivas cuando me las decían. Al final no querían entender mis mensajes. Llegué a pensar que estaban dominados por un mal extraño que los inducía a hacer lo opuesto a los buenos principios inculcados, y hasta creí que lo hacían por puro sentido de confrontación. Mientras más los observaba, más me convencía que con esa conducta sólo encontrarían el camino para destruirse entre ellos. Entonces, con gran







esfuerzo encarné y reencarné, o sea, desplacé muchas almas de recién nacidos para introducirme en sus cuerpos y una vez mayores, enseñarles mi evangelio e iluminarlos con el conocimiento más elevado que yo poseía.
En todas las oportunidades me respondieron con el exilio y hasta con la muerte. Perseguido por los ricos, por los pobres y aún por los que dicen representar al Creador, que piden la intervención de Él para que me despidan de mis funciones, como si yo fuera un usurpador. Nadie pensó que fui condenado a estar en la Tierra para protegerlos, y que no fue por mi gusto ni porque fuera malo, sino por mi ignorancia original, de la que estoy seguro no tengo culpa.
Tampoco pensaron los que ayer y hoy me critican que los que vivieron y los que están viviendo hoy, debieran estarme agradecidos, porque se debe exclusivamente a las consecuencias de mi primer error que tuvieron un lugar apropiado para habitar.
Quizás la voluntad del Creador haya sido que haga lo que hice, y yo en mi ignorancia no sé si cumplí o no con ella. Muchas veces le pregunté si estoy equivocado y qué otra cosa podría hacer para mejorar mi imagen, pero jamás tuve respuesta.

Por eso es que me siento triste.

Quizás, si he fracasado en educarlos a ustedes, es porque el Gran Arquitecto, como también llaman al Creador, podría haber ordenado a otros ángeles superiores a mí para inducirlos a seguir el camino de la soberbia y la autodestrucción. Estos ángeles seguramente se reirán detrás de mis alas cansadas, pero como mi destino es éste, hasta que reciba una orden no modificaré mi rutina, y nadie podrá impedir que siga esforzándome en enderezar todo lo que estos enviados tuercen, porque yo seguiré haciendo mi trabajo, el que el Creador silenciosamente me ordenó y porque, por el momento, El Bien, es lo único que este Ángel sabe hacer.

Te saluda tu eterno servidor:

LUZ- BEL
(TAO)
17-06-07